35 horas semanales: la experiencia francesa


Aunque somos muchos los que creemos que para crear empleo en la coyuntura actual es necesario compartir el tiempo de trabajo, el debate aún no parece estar lo suficientemente extendido entre los agentes sociales. Una muestra: en las últimas elecciones generales todos los programas electorales recogían medidas para crear empleo (al menos estamos de acuerdo en que es un problema serio y común) y, sin embargo, resultaba muy difícil encontrar propuestas que mencionaran la reducción del tiempo de trabajo para conseguirlo.
Entre los partidos políticos que mencionaban algo así en su programa se encontraban Izquierda Unida y Equo, que abogaban por una transición a una jornada laboral semanal de 35 horas, como medida complementaria a otras para crear empleo. Esta reivindicación también la secundan instituciones  como UGT, CCOO o CNT que, aunque no renuncian a imponer este tipo de jornada por ley, centran sus esfuerzos en los convenios colectivos con el afán de, al menos sectorialmente, y allí donde la presencia sindical sea mayor (en las grandes empresas), ir poco a poco conquistando terreno en este sentido.
El debate en Francia está más extendido que aquí, sobre todo porque nuestros vecinos legalizaron este horario en 1998 (ley “Aubry”), aunque desde entonces ha ido perdiendo adeptos y fortaleza, principalmente con el gobierno conservador de Sarkozy. Así, han surgido nuevas leyes que la han recortado por aquí y por allá, hasta mostrarse hoy día, en la práctica, casi sin efectos. Este “paso atrás” francés dará que pensar a muchas personas: si allí implantaron por ley la jornada de 35 horas semanales y, poco después, volvieron a las 40, ¿será porque la medida no funciona? ¿porque no lo hicieron bien? ¿porque Sarkozy le habría cortado las alas a la mismísima revolución francesa de haber llegado al poder allá por finales del siglo XVIII?... La cuestión que pretende abordar este artículo es que si queremos debatir la viabilidad y la eficacia de la imposición (por ley o convenio colectivo) de una reducción de la jornada semanal laboral para crear empleo, es muy conveniente revisar la experiencia francesa y responder a las preguntas planteadas antes; con este objetivo, intentaremos primero repasar los hechos.
En junio de 1998 se aprueba en Francia la “ley Aubry”, bautizada así popularmente por su promotora, Martine Aubry, entonces ministra de Trabajo y Solidaridad, hoy líder del partido socialista francés y firme candidata a la presidencia de la república. La idea clave consistía en reducir la jornada laboral semanal de los trabajadores de 40 a 35 horas (aproximadamente el 10%) sin reducir su salario; de esta forma, las empresas necesitarían contratar un 10% más de trabajadores para obtener el mismo nivel de producción, es decir, se crearía un 10% de empleo. En la práctica, muchos asalariados franceses han disfrutado de un viernes libre de cada dos, otros de concesiones parecidas… siempre y cuando no hubiera que hacer horas extraordinarias. 

Sin embargo, aumentar las plantillas un 10% tendría un efecto inmediato bastante claro: el aumento del coste laboral para las empresas. Ningún empresario estará dispuesto a reducir sus beneficios sin más, entonces ¿cómo convencer a la patronal francesa para que se sume al proyecto? Pues con concesiones como las siguientes:
·         La ley “invita” a una moderación salarial en los sectores y las empresas en las que se aplique. O sea, que, de momento, las empresas soportan un aumento de su coste laboral, sí, pero, si son pacientes, verán que pueden congelar ese coste aunque aumenten sus ingresos o la productividad de los trabajadores. A la postre, la ley les estaría permitiendo trasladar el aumento del coste laboral a los propios trabajadores.
·         La ley permite y hasta se diría que sugiere la aplicación de un salario por debajo del Salario Mínimo Interprofesional, e incluso la supresión de algunos pluses salariales, entre otras medidas, con objeto de reducir el coste laboral de las empresas. De nuevo serían los trabajadores los que asumieran y soportaran el aumento del coste laboral provocado por la ley.
·         El patrón podría repartir las 35 horas como quisiera a lo largo de la semana: fines de semana, noches, varios turnos seguidos…  Así pues, concesión de una mayor flexibilidad en la jornada semanal para resarcir al patrón del mayor coste laboral teórico en que iba a incurrir tras la aplicación de la ley. Otra vez se puede concluir que los trabajadores son, en último término, los que sufren los efectos secundarios de la ley. 
·         La ley Aubry aumenta el número de horas extraordinarias permitidas por trabajador y año, y además las abarata: en vez de penalizarlas con el 25% del salario correspondiente a una hora normal, se pagan sólo a un 10% más. Parece ser que en algunos convenios se pactó que los obreros pudieran ser obligados a trabajar gratuitamente (o sin coste adicional) cierto número de horas extraordinarias. Una vez más, son los trabajadores los que ponen más de su parte.
·         Puntos importantes de esta ley eran la concesión de incentivos a la contratación y una menor presión fiscal sobre los salarios. Importantes porque suponen un coste para la administración que ya no está dispuesta a asumir en estos tiempos de “recortes”. ¡Vaya! Para un aspecto de la ley que suponía un esfuerzo para otros que no fueran los trabajadores…
Se pretendía aprovechar la expansión económica que se disfrutaba a finales de los 90 para absorber los efectos negativos de la ley, entre ellos el aumento del coste laboral de las empresas. Y, efectivamente, en los inicios de la andadura de esta ley, se crearon muchos puestos de trabajo, aunque no es fácil distinguir cuáles fueron debidos a la expansión económica y cuáles a la ley Aubry.
Con el objetivo principal de reducir gastos, y en julio de 2008 se aprueba la “Ley sobre la renovación de la democracia social”, ya con Sarkozy al frente, una nueva ley que permite que, aunque se mantenga el tiempo legal de trabajo en 35 horas, las empresas puedan negociar directamente con los asalariados el tiempo de trabajo y las compensaciones, y estas negociaciones podrían superar el techo de las 35 horas. Así pues, la “puntilla” para la ley Aubry, que aunque no ha sido derogada, se ha visto superada por otras leyes posteriores que, a la postre, la difuminan.
Y el debate aún está en la calle. Los conservadores argumentan que esta nueva ley da a los asalariados la posibilidad de trabajar más para ganar más, mientras que los socialistas denuncian la supresión de derechos y conquistas laborales.
¿Con qué enseñanzas nos quedamos de esta experiencia? En mi opinión lo más significativo es que se creó empleo, si bien es difícil dilucidar cuántos de esos nuevos puestos de trabajo fueron mérito directo de la ley Aubry. Y si precisamente crear empleo es la prioridad y las medidas neoliberales que se imponen hoy día no funcionan, merece la pena revisar esta experiencia y arreglar las goteras que se le achacan. En esto estamos todos pero da la impresión de que sólo los trabajadores parecían dispuestos a asumir cierto esfuerzo. Merecería la pena realizar un estudio para comprobar algunos efectos inmediatos de esa creación de puestos de trabajo: mayor recaudación por impuestos directos e indirectos, aumento del consumo interno, con todo el tirón que ello acarrea sobre el conjunto de la economía, aumento de la inversión, de la productividad, y otros muchos beneficios muy difícilmente mensurables, pero dignos de tener en cuenta, como mayor tiempo de ocio o más “salud familiar”, por ejemplo.
En definitiva, mi opinión es que la ley Aubry podría haber sido muy beneficiosa para el conjunto de la sociedad francesa si no hubiera nacido ya con ciertos lastres por mor de obtener el consenso de patronal y administraciones públicas. Si en la actualidad está siendo denostada, debería abrirse un debate en otro sentido, esto es, no para derogarla, sino para retocarla y arreglar sus posibles fisuras. ¿Es o no es el desempleo el problema más grave que sufre nuestra sociedad? Pues, deberíamos considerar propuestas válidas como esta, aunque sean  distintas a las habitualmente esgrimidas por los conservadores.
Coincido con el fin último de la ley Aubry: eliminar el paro ES POSIBLE trabajando menos.

Por la necesidad de compatibilizar la creación de empleo con un objetivo de "crecimiento cero"

  En pocas cuestiones se puede encontrar hoy día mayor consenso entre los ciudadanos españoles: “el problema más grave que vivimos es el paro”. Y la práctica unanimidad en esta opinión se cuece en  la cotidianeidad, esto es, en que a la inmensa mayoría nos alcanza la “mano negra” del desempleo, ya sea porque lo sufrimos en primera persona, porque tenemos algún familiar viviendo una situación desesperada o porque contemplamos con preocupación la enorme dificultad de nuestros hijos para encontrar empleo, por mucha formación que hayan recibido. 

   El problema es tan grave y se alzan tantas voces para denunciarlo que hasta los políticos han llegado los ecos y, claro, no han tenido más remedio que ponerse manos a la obra. Que nadie se engañe, el principal objetivo de un partido político es acceder al poder y mantenerse en él, por definición. Pero para conseguirlo es necesario atraer el mayor numero posible de simpatizantes y es por esto que han escuchado los ecos de la preocupación por el desempleo: no es que estén preocupados por los ciudadanos, lo están por mantenerse en el poder. 

   Bueno, sea cual sea el motivo, se muestran decididos a actuar y nos anuncian una serie de medidas para crear un buen montón de puestos de trabajo en muy poco tiempo, entre ellas una nueva reforma laboral que se llevará a cabo con o sin consenso de los colectivos implicados, como la anterior. ¿Tenemos motivos para confiar en la bondad de estas medidas? Mi humilde opinión es que no, que en ningún caso nos conducirán a un escenario económico y social satisfactorio porque ninguna de las medidas que se han propuesto compatibiliza la creación de empleo con el crecimiento cero

   ¡Ojo!, no es pesimismo, estoy convencido de que se puede alcanzar un escenario satisfactorio, pero insisto, no con las acciones que se están proponiendo para conseguirlo. 

   Me explico. Si no confío en las medidas propuestas, es porque todas ellas parten de la hipótesis de que para crear empleo es necesario aumentar la producción. Tirando de este hilo, nos encontramos con que podemos llegar a dos escenarios posibles:
  1.  Primer escenario: las medidas no tienen el éxito esperado y no se crean tantos puestos de trabajo como se necesitan. Reducir el desempleo, pongamos un ejemplo, del 20 % al 10 % sería un logro importante, pero no suficiente. Así pues, el primer escenario posible no es satisfactorio.   
  2. Segundo escenario: las acciones puestas en práctica consiguen aumentar tanto la producción que se crean tantos empleos como se necesitan. En esta situación nos encontramos con que el paro se ha resuelto, pero ¿a costa de qué? Pues fácil, a costa de una producción excesiva, lo que se denomina una sobreproducción, que acarrearía problemas muy graves: agotamiento de recursos, conflictos políticos y armados por esos recursos, principalmente los energéticos, estrategias empresariales agresivas para hacerse con nuevos mercados y despilfarradoras como la obsolescencia programada, deterioro acelerado del medio ambiente… En resumen, nos quitamos de encima el problema del paro y nos echamos a la espalda otros tan graves o más. De nuevo un escenario poco satisfactorio.
   Es una pena, este segundo escenario empezó bien, eliminando el paro, pero acabó mal por culpa de la sobreproducción. La pregunta entonces es: ¿se puede eliminar el paro sin provocar sobreproducción? Mi opinión es que sí, y la clave está en compartir el tiempo de trabajo, así trabajamos todos pero no producimos más. 

   Claro que, si no producimos más, tendremos que plantearnos si con lo que estamos produciendo ahora mismo hay suficiente para que todos vivamos bien. ¿Tenemos suficiente? Estoy seguro de que la mayoría sospechamos que sí, que hay suficiente para todos y que de lo que carecemos es de un sistema de distribución más igualitario. 

   Al compartir el tiempo de trabajo, las horas globales dedicadas a la producción serían las mismas, dicho de otra forma, no se produciría más (un respiro para el planeta) y, por otra parte, se compartirían también las rentas, esto es, los frutos del factor trabajo. De esta forma, eliminamos el paro, evitamos la sobreproducción y conseguimos además una distribución de la renta más igualitaria. ¿Se puede pedir más? Bueno, lo cierto es que sí: sería deseable que medidas de este tipo no perjudicasen la iniciativa emprendedora, que las empresas no vieran aumentados sus costes (y por tanto sus beneficios), que los trabajadores no vean reducido su salario por compartir el tiempo de trabajo, que el Estado del Bienestar no se resienta y pueda seguir financiando determinados costes sociales que hoy día nos parecen imprescindibles…Y en este sentido sí me muestro optimista, sí existen soluciones factibles para todas estas demandas, habrá que ver si, además hay espacio para debatirlas, depurarlas y consensuarlas antes de llevarlas a la práctica, espero que sí.

   En resumen: eliminar el paro ES POSIBLE trabajando menos, y llegar a esta situación sólo es plenamente satisfactoria si la compaginamos con un objetivo de crecimiento cero, más verde y más justo.

Te invito a participar

¿El paro tiene solución? ¡Estoy convencido de que sí la tiene! ¿Y tú?...

Ante el pesimismo generalizado que ha empapado el ánimo de nuestra castigada sociedad, necesitamos desenfundar nuestra mejor arma: la imaginación. 
En los años 80 ya nos decía el brillante pensador Luis Racionero que el paro no es un problema técnico o industrial, sino filosófico. Estoy completamente de acuerdo. Para eliminar el desempleo (no voluntario) hay que provocar a nuestra imaginación y generar un diálogo productivo, sólo aunando así nuestras fuerzas conseguiremos vencer al monstruo del paro. 

Este blog aporta una solución que pasa por compartir el tiempo de trabajo y compartir los frutos, propuesta que no sólo reduce drásticamente el desempleo, sino que además aporta unos beneficios sociales inmensos: más tiempo de ocio, menos delincuencia, menos trastornos físicos y psíquicos, menos violencia doméstica... Esta propuesta la encontrarás con algo más de detalle en la pestaña de este blog titulada "Compartir el esfuerzo, compartir los frutos", en el que estás invitado a participar con tus reflexiones para así enriquecerla. ¡Te invito a participar!

Todas tus ideas, sugerencias y críticas argumentadas serán bienvenidas y son absolutamente imprescindibles para que este espacio consiga el objetivo que se propone: encontrar, a través del diálogo, solución al drama del paro. 

¡Manos a la obra! 

En manos de la TECNOESTRUCTURA

En ocasiones intento provocar el debate entre mis alumnos con cuestiones como: “¿Quién creéis que es la persona más poderosa del mundo?”. Siempre se menciona al presidente de EE.UU.  aunque es interesante ver cómo algunos revelan sus simpatías, sus inquietudes o hasta sus fanatismos (¿por qué no?) citando a políticos, líderes religiosos, multimillonarios e incluso a futbolistas. Voy anotando en la pizarra sus aportaciones, no sólo al personaje citado, también el argumento que, presumiblemente, le otorga el poder.
Cuando aprecio que va decayendo el debate, suelto otro torpedo: “¿Quién creéis que tiene más poder en España: el presidente del gobierno o la familia Botín?”. Entonces tengo que aclarar que Don Emilio es presidente del Banco Santander, su hermano  Don Jaime presidente de Bankinter hasta hace bien poco, Doña Ana Patricia (hija de Don Emilio) ha sido hasta hace poco presidente de Banesto y actualmente consejera delegada de una filial del Grupo Santander en el extranjero, y Don Alfonso (hijo de Don Jaime) es vicepresidente de Bankinter. Tras esta aclaración suelen dibujar en sus rostros expresiones de asombro, y, una vez superado el impacto, arremeten unos con otros mostrando sus pareceres en un debate que intento transcurra dentro de los cauces del respeto, lo que no siempre me resulta fácil pues en la TV suelen emitir debates que son todo menos moderados, principalmente los de los programas mal llamados “del corazón”, que se podían rebautizar como “del hígado”, o mejor, “de los intestinos”.
Poco a poco van llegando ellos mismos a la conclusión de que la faceta económica de nuestra sociedad supera con creces a la ideológica o la política, entonces les hablo de Standard & Poor’s, de Moody’s y de Fitch… ¿Qué quiénes son estos señores? No, no son señores, son empresas privadas que se dedican a analizar y evaluar los riesgos de la deuda emitida por las empresas. Así, cuando un ahorrador decide comprar obligaciones (títulos de deuda) de Telefónica, de Lehman Brothers o de Nueva Rumasa, por ejemplo, querrá saber qué garantías existen de recuperar el dinero invertido y los intereses prometidos en importe y plazo. Si no somos expertos analistas de empresas y finanzas, podemos confiar en la calificación que a estas empresas les dan las mencionadas agencias: Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch. Si la calificación es baja no compraremos esa deuda o bien exigiremos mayores intereses para premiar el mayor riesgo al que nos enfrentamos. Y a estas agencias les ha dado por ampliar su cobertura a la deuda de los países y, basándose en intereses privados, están provocando verdaderos terremotos públicos. ¿Por qué digo esto? Países como Grecia y España han gastado mucho dinero para intentar reducir los efectos negativos de la recesión económica que vivimos, y al gastar más dinero del que tenían, como cualquier hijo de vecino han tenido que pedir prestado, lo que supone contraer la obligación de devolver el capital más los intereses. Pues bien, gracias a la intervención de estas agencias privadas, que han calificado como de baja calidad la deuda de Grecia y España (o sea, que el inversor corre un riesgo alto de no recuperar lo invertido) estos países se ven obligados a prometer intereses más altos al pedir más dinero prestado, lo cual castiga aún más el déficit y por tanto a todos nosotros, los ciudadanos de a pie. 


Una vez entendido lo anterior, volvemos a nuestro debate: ¿son más poderosos los que toman decisiones en Standard & Poor’s o los que toman decisiones en el BancoCentral Europeo? Bueno si el poder lo medimos en términos de influencia, muchos pensaremos que los “personajes de la tecnoestructura” superan con mucho el poder de los políticos…
¡Perdón! Se ha deslizado un término sin aclaración previa: “tecnoestructura”. ¿Quiénes son personajes de la tecnoestructura? Pues son hombres y mujeres con traje gris, gafotas, muy astutos, profesionales altamente cualificados que se mueven en la sombra para beneficio de intereses privados, suyo y de las corporaciones que ellos administran. La “Tecnoestructura” es un término que inventa John Keneth Galbraith y que componen estos poderosos economistas, juristas, abogados, financieros, publicistas… personas que dirigen grandes empresas en las que la propiedad y la gestión están claramente separadas. Por el mero hecho de comprar acciones de Telefónica ya me he convertido en propietario, pero ¿eso me proporciona los conocimientos suficientes para entender el negocio de la empresa? Obviamente no. Los que dirigen la compañía son profesionales de la dirección, y cada uno en su ámbito toma decisiones que beneficien su posición y la de la compañía en la que trabajan. Son decisiones con tanta influencia en el entorno que se convierten en “personajes de la tecnoestructura”, los que realmente manejan los hilos de nuestra sociedad.
JoséLuis Sampedro, el “sabio”, en una de sus interesantísimas obras divulgadoras de su inmensa sabiduría, El mercado y laGlobalización, nos da a entender que vivimos en un mundo globalizado, sí, pero según y cómo: resulta que en este mundo vemos que el dinero efectivamente puede circular con una agilidad inmensa (podemos hacer llegar dinero de un sitio a otro del mundo con enorme facilidad), no ocurre lo mismo con las mercancías, sujetas a más controles y trabas que el dinero, y no digamos con las personas… ¿pueden las personas circular libremente por el mundo como lo hace el dinero? Si esto fuera cierto no habría pateras, por ejemplo. ¿Y por qué el dinero ha conseguido un status que no disfrutan ni mercancías ni personas? Porque es lo que interesa a los dirigentes de la tecnoestructura para realizar sus negocios, pagar menos impuestos, deslocalizar sus empresas… La tecnoestructura impone sus reglas como más le conviene.
Y llegados a este punto, introduzco una reflexión muy personal, una contradicción flagrante de nuestro sistema económico-político: siendo el paro el problema más grave de nuestra sociedad (así lo creemos la mayoría de los españoles), resulta que las prioridades de los gobernantes parecen centrarse en otros aspectos para, de forma indirecta, crear empleo. Es prioritario controlar la inflación (por eso el Banco Central Europeo no baja los tipos de interés), sanear el sistema financiero (o mejor dicho, a los intermediarios financieros, a los que ayudamos con inmensas inyecciones de dinero a salir del agujero que se han metido por realizar prácticas especulativas), controlar los déficits públicos y sanear la deuda pública (es un círculo vicioso, pues los bancos compraron gran parte de la deuda pública de “baja calidad”, así que ayudamos a los bancos para que estos ayuden a los gobiernos con problemas de liquidez, vamos que ponemos dinero para todos los personajes de la tecnoestructura), realizar reformas laborales que "mimen" a las empresas (trabajar más, ganando menos, aumentando la productividad so pena de despido procedente con menor indemnización)... Se supone que después de abordar todas esas cuestiones el paro se arreglará solo. ¿Creéis que es así? Bueno, yo creo que no les falta razón, todas esas “prioridades” no deben ser descuidadas, claro, pero lo que quiero decir es que tal vez se puede hacer ya algo más por crear empleo sin tener que esperar que las demás prioridades se solucionen.
Acabar con el poder de estos “hombres grises” es una utopía, no sé si podemos aspirar a tanto. Sin embargo un movimiento popular como el del 15-M en España les ha dado un buen susto… ¿mira que si se unen estos “desheredados” y dificultan nuestros negocios? Bien, pues señores de la tecnoestructura, a Vds. me dirijo: ¡eliminar el paro es posible! Y en vez de apelar a su altruismo, apelo a su egoísmo matizando que no sólo es posible, sino que es beneficioso para Vds. también. Repasen la lista de beneficios económicos derivados de poner en práctica la propuesta principal de este blog y encontrarán un aumento importante del consumo interno, de los impuestos directos e indirectos, disminución del absentismo, de la siniestralidad laboral, aumento de la inversión extranjera…
El debate llega a su fin. Hemos tenido que poner orden en muchos momentos porque era tanta la trascendencia de los asuntos discutidos que era muy fácil irse por las ramas. Pero ya nos vamos, y lo hacemos con una idea común: es necesario abordar el problema de desempleo de forma directa, con propuestas valientes e imaginativas como la que se plantea en este blog. Si no se está haciendo así es porque, de momento, a los personajes de la tecnoestructura no les ha interesado, porque no se habían percatado de que también a ellos les beneficia… Abandonamos pues el debate con optimismo: el momento de eliminar el paro ha llegado, y si la tecnoestructura es tan obtusa de no poner manos a la obra, lo haremos los “desheredados”, uniéndonos en un “poder compensador”, tal y como nos señalaba Galbraith.
Eliminar el paro ES POSIBLE… aunque la tecnoestructura no se lo crea.